domingo, 3 de marzo de 2013

Historia del hombre barco y un banco



Ocurrió que salió a la calle y tuvo una sensación flotante en todo su cuerpo. Su voz era un grito, lleno de millones de gritos, que formaba un sonido grave y colosal. Se miró los dedos, vio que eran diez teoremas sin formular, pero con una estructura sólida y definida, y con el razonamiento táctil floreciendo desde las raíces de la piel. Cuando su vista abandonó aquellos "diez no-mandamientos no-creyentes", observó el lustre de sus zapatos, en ellos estaba el brillo del cansancio de las calles caminadas sin llegar al destino querido, y sus cordones caían, deshilachados, en un claro acto de protesta en contra de las ataduras que aprisionan y amordazan. Nunca gastó sombrero, siempre prefirió que sus pensamientos tuviesen la lúcida compañía del sol, y tampoco usó corbata, así su cuello no oprimiría la exigencia que muchas veces la garganta requería para tragar la saliva amarga cotidiana.
Apuró el cigarrillo que tenía entre sus dedos, lo aspiró como si fuese el último de los cigarrillos, y expulsó el humo con la rotundidad de un barco a vapor, y desamarró sus miedos de la tierra, y atracó la central de aquel banco de conciencia aséptica, para que no naufragase más la humanidad.

"Historia del hombre barco y un banco"
Fragmento de:
"Los cuentos que nunca me contaron"
© Pokit in a poket. Chus Alonso Díaz-Toledo.

domingo, 24 de febrero de 2013

Lastre



Se dio cuenta de que era un pedazo de lastre ajeno, sus bolsillos estaban llenos de plomitos pequeños, pero eran tantos los que se habían depositado a lo largo de los años, que su peso le impedía vivir con felicidad, y la contenía para no molestar a los demás. También sentía pudor por reconocer que todos los cariños no son iguales, no fuese a dolerle a algunos seres queridos, y dejó de correr para no adelantar a nadie, y dejó de detenerse para no levantar envidias a las prisas, y llegó un día en el que dejó de pensar, para que no pensasen que era un pretencioso de los que todo lo saben. Se hizo creyente de todas las religiones en los días festivos, y practico el ateísmo de lunes a viernes, y se casó por el que dirán, y se divorció por algo que le habían dicho. Así fue su vida hasta que murió, sin ganas, para no contradecir a los médicos que le diagnosticaron: envenenamiento sanguíneo por acumulación de plomo en el ánimo.

Fragmento de: "Los cuentos que nunca me contaron"
© Pokit in a poket. El País de los Tejados - Chus Alonso Díaz-Toledo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Indocumentados in Love



Regresé a la alcoba tras el destierro al que me obligaba mi insana adicción al tabaco. Hacía tiempo que no fumaba en el dormitorio, y la cocina de la casa era el templo en el que llevaba a cabo el ritual de fuego y humo. Ella, la mujer que en ese mismo instante yacía sobre la cama, derrochando belleza y paz con su sueño, era la que me había impuesto ese destierro. Es cierto que no pude negarme a esa petición por muchas razones, todas ellas indiscutibles, pero también es cierto que tuve momentos de, casi, rebelión, y digo casi, porque mi acción contestataria se limitaba a pensamientos que jamás salieron de mi boca. Fue una revolución silenciosa, puntual, de signo intelectual, por llamarlo de algún modo, que alimentaba engañosamente la conciencia de mi mí más propio y privado. Luego terminé agradeciendo la ausencia del olor que dejaba el tabaco en las sábanas, y en la ropa que esperaba a ser usada en los armarios de la estancia. Además, como toda regla que se precie de ser una regla seria y rigurosa, en esa prohibición había lugar para las excepciones, excepciones que solían llegar tras el sublime tiempo en el que nos compartíamos el uno al otro como solamente sabe compartirse la piel. Entonces, y para no estar en disonancia con el momento, solíamos compartir también la boquilla de un cigarrillo que se convertía en pincel, decorando el aire con los arabescos flotantes que nacen de su combustión. Nunca entramos en disputas por el hecho de fumar o no fumar en aquel lugar, yo no era un fumador combativo, y ella tampoco pertenecía a esa peligrosa corriente de los fumadores pasivos reconvertidos, esos que antes militaban en el bando contrario, y que seguían los cánones de cualquier secta que es capaz de llegar a la sangre de todas las sangres para defender la causa.
Viéndola entre las sábanas, con la serenidad que otorga el sueño profundo, reconozco que me sentía el hombre más afortunado del mundo. No teníamos documento alguno que acreditase nuestra convivencia, no había letras oficiales que dijesen que éramos tal para cual, pero sabíamos que nuestra sociedad nacía de la magia magnética que es invisible, la que une dos polos opuestos por encima de la ley de la gravedad. Que no tuviésemos papeles timbrados que diesen fe de nuestra unión no era por motivos anti-sistema, ni a la creencia de que había arena de playa bajo los adoquines de nuestra ciudad, que no era precisamente París. Simplemente éramos y nos teníamos, sin más, y eso para los dos era suficiente, ese sin más significaba un todo superlativo, en el que cabían todos los todos de la consciencia universal; los grandes y los pequeños, los flacos y los gordos, los sonoros y los silentes, los atómicos y los cuánticos, los de aquí y los de más allá…
Dejé el ejercicio contemplativo para retornar al lecho, lo hice intentando no interrumpir el momento del descanso de ella. Volví a encontrarme con su olor cálido y dulce, me reencontré con el tacto de su piel, un tacto que guardaba la memoria de mi piel, porque la piel tiene memoria, eso es indudablemente inolvidable. Me empapó la armonía que sólo a su lado era capaz de alcanzar, y fui acoplando mi cuerpo a sus formas, con el cuidado que tiene el rocío cuando se posa sobre las hojas tempranas del alba. Estaba en esa patria rectangular que no necesitaba de banderas para ser defendida con la vida, si fuese necesario. Aún cuando extremé el pausado acercamiento a ella, hubo un instante en el que mi llegada provocó un leve movimiento en su cuerpo, y sin perder del todo la inconsciencia, una sonrisa leve y tranquila se dibujó en sus labios, y una de sus manos acertó a acariciar con ternura mi rostro. En ese movimiento las sábanas, que jugaban decididamente en mi equipo, se deslizaron lo suficiente para dejar sus pechos libres, pues la desnudez nos vestía a los dos. Me abracé a ella y una de mis manos coronó uno de sus senos. Ella volvió a sonreír levemente, y me susurró una respiración de calma, y yo me dejé llevar por el sueño, para seguir soñándola sin los ojos abiertos.


“Indocumentados in Love”
© Pokit in a pocket. El País de los Tejados. Chus Alonso Díaz-Toledo.

martes, 5 de febrero de 2013

Silencios sin a, e, i, o, u.

Te nombré dentro del silencio gélido,
imaginé tus formas en el vacío sideral,
escuché el susurro de la distancia,
el que se oye cuando se agota el reloj,
tuve, y te tuve, en las hojas en blanco
que le dan razón a las sílabas mudas,
porque hoy, ahora, cuando la noche
se convierte en una metáfora hiriente,
la boca de las palabras no tiene vocales,
ahora, cuando la luz de la lámpara
se olvida de las paredes de la habitación,
me hubiese gustado ser Katmandú,
o el parque que se desnuda y te desnuda,
porque ahora, mi yo es un sin mí,
y me guardo como si fuese el bolsillo,
y te escribo para no volverme a confundir.

"Silencios sin a, e, i, o, u."
© Ediciones Cambalache. Chus Alonso Díaz-Toledo.

domingo, 27 de enero de 2013

Más allá de Nueva York (fragmento)

Deben de ser cientos, miles, tal vez millones, las estrellas que se cuelgan de la noche que vemos cuando somos nocturnos. Unas son firmes, monocromáticas, otras, en cambio, tienen el pálpito de los colores breves; rojo, azul, verde, amarillos de ámbar. Su verbo es el de la velocidad de la luz, su semántica tiene el sentido de la imaginación que las observa. Tanta grandeza diminuta, tantas distancias incapaces de entender, tanta variedad de vida y de muertes, se vuelven casi insípidas, cuando la soledad es la compañera que acompaña...

...Yo busqué a la Maga entre mis sueños, la quise encontrar por las calles de París, y también en los mercados de Estambul, y por las cuestas adoquinadas del Madriz de Lavapiés. Ella dormía cuando yo la soñaba con los ojos despiertos. Ella reía, cuando en mi boca se posaba la sed seca de un desierto llamado sin nombre. Creo que nunca llegué a perderla del todo, en mi camino encontraba hilos del nylon de sus paraguas rotos, y notas musicales sordas a la espera, y el olor de sus delirios floridos, y tuve que esperar a que Cortázar llegase hasta mis manos en forma de papel y letras. Entonces supe que la Maga, mi Maga, era propiedad de todos y de nadie, y cerré los libros abiertos, y abrí los tinteros cerrados, y volví a entornar los ojos para ponerle nombre al universo de las estrellas.

Fragmento de: "Más allá de Nueva York"
(Diario de un yonqui con anteojos y sombrero)
© Chus Alonso Díaz-Toledo Ediciones Cambalache.

viernes, 11 de enero de 2013

Suspiro


De los recovecos de un cuerpo pardo, 
y óbito, surgió un suspiro,
un suspiro desamparado,
 exhausto de sostener el  fardo del pasado .

Ahora, libre de él, 
se encontró en compañía plural;
una fue la de ese viejo amigo,
que una vez conoció como presente,
y con el que mantuvo una efímera
amistad tras tropezar  con el ayer,
la otra tenía un color sombrío,
 de tacto áspero y gélida temperatura.

La soledad, esa fiel compañía
que siempre está dispuesta 
a ofrecerte su mano, arropándote
y cantando esa nana muda,
capaz de estremecer al propio silencio.

El suspiro era vagabundo, huérfano de hogar,
se  dedicaba a pasear por los callejones,
 en busca de una utopía cubierta de brasas,
brasas que resplandecían con acento cálido, 
y un júbilo de esperanza,                              
pero poco a poco, ese sueño envuelto
en brasas fue desnudado, mitigado,
pasando así  a ceniza, a recuerdo.
Porque la ceniza es el recuerdo
de lo que una vez fue luz,
y sirvió como estrella guía en el cielo,  
ahora  convertida en una burda quimera,
algo polvoriento, sucio, viejo,
 un simple  suspiro en el olvido.

“Suspiro”
©El País de los Tejados. Pokit in a pocket Miguel Esperanza Alonso.

Pd.- Estas letras son de mi sobrino Miguel, son sus primeros pasos entre versos y mundos fuera de la "racionalidad" diaria. Para mí es un orgullo ver su tinta, y disfrutar de ella se convierte en una acto alejado de familiaridades, o gustos venidos por la cercanía de la sangre. Disfruto de sus letras por lo que dicen, y por cómo lo dicen.
Chus Alonso Díaz-Toledo

domingo, 6 de enero de 2013

Ella

Me quedé soñando una pesadilla
de color vacío y tactos transparentes,
la noche se volvió trago amargo,
seco y frío como la muerte polar,
áspera como el abandono,
pero al abrir los ojos, ella,
con sus labios sin palabras,
con su piel de eterna primavera,
estaba junto a mí, despierta,
regalándome su tiempo de alegría,
y ocupó de nuevo mis ilusiones
con su espacio infinito,
y la quise compañera
para que la vida fuese vida,
y me quedé para siempre
en el mundo de sus maneras.

¨Ella
© Ediciones Cambalache - Pokit in a pocket. chus alonso díaz-toledo.

martes, 4 de diciembre de 2012

Conscicencia concéntrica

Las noches crujen en el límite
inconsciente de la consciencia,
ante mis ojos desfilan momentos
pasados que no puedo situar,
son instantes que están
más allá del sabor agrío
que dejan en la húmeda memoria
que habita en el paladar.

Mi tiempo parece hipnótico, es severo,
demoledoramente severo y revuelto,
pero incapaz de asumirse en ese caos
que se vuelve torbellino de retazos
concéntricos, cercanos en la lejanía,
y desgarradoramente presentes,
aunque sin tocar las paredes
que me forman, pero diariamente
presentes, ya que, al fin y al cabo,
es así como lo siento en los bordes
fronterizos de los adentros de mi ser,
como cristales rotos mezclados
con la sangre que anuncia la herida,
son pensamientos breves de existencia,
pero eternos, como lo es el negro universal.

Reconozco el estruendo del ocaso frente a mí,
aunque aún me llega como un cercano rumor,
sé que lleva miles de relojes gestándose,
adueñandose de las hojas de mi calendario,
el que guarda aquellos besos clandestinos
que son imposibles de vestirse con el olvido.

Epílogo maldito, no por inesperado,
que levantas en el aire la inevitable
pavana que danza la desolación,
te acercas para mirar mi mirada,
para buscar el reflejo del miedo
que convive en la profundidad de la piel,
y mi miedo sale a la luz,
como el viejo lagarto sale al sol de la mañana,
y me cubre la vista con su manto de hielo,
y me abraza con su último temor .


"Consciencia concéntrica"
© Ediciones Cambalache-Pokit in a pocket. Chus Alonso Díaz-Toledo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Páramo urbano


La luz primera, le devuelve al páramo
la dureza diaria que llega hasta el horizonte,
alguna vez confié en que la clandestinidad
nocturna sería capaz de acabar con su presencia,
creí que la llegada del alba descubriría un paisaje nuevo,
una tierra menor en exigencias y de mayor generosidad,
pero el preludio del sol encuentra cada día lo mismo;
miles de sentencias de secano que arañan el ánimo,
y el frío inmisericorde, que parece muerte alada,
y no queda más remedio que apretar los dientes,
esos que apenas mastican un triste pedazo de pan
entre faena y faena, y continuar sin pensar,
porque en el páramo no es bueno pensar
más allá de donde alcanza la vista, no es bueno
buscar ese lugar en el que despiertan los sueños.

Dicen que en cada metro, y en cada piedra,
y en los matojos, casi liofilizados,
que viven agonizando miserablemente su vida,
hay una espera a la espera de la piedad del tiempo,
esperas que esperan la indulgencia final
que les lleve al final de su existencia,
y yo me pregunto sin atreverme a contestar,
porque sé que no soy más que una anécdota
manchada de polvo y sudor,  simplemente eso,
polvo y sudor anclados en el suelo del olvido.

No sé porqué sigo aquí, en este fin del mundo
que no deja de estrecharse en cada respiración,
no sé porqué sigo alimentando la lumbre
cuando se acercan los cielos negros y estrellados,
o porqué aireo este cuarto inmundo que es cárcel,
sólo sé que sueño con unos ojos que me miran,
y me dejan escalofríos de fiesta en la piel,
por eso espero a la primera luz del día,
por si con ella vienen poros despiertos,
y palabras sin miedo, y el olor al que sabe ella,
pero con el alba vuelve a llegar el páramo,
un páramo que no se moja con las gotas del rocío,
y vuelvo a pasar mis pasos pasando las horas,
y así muero, un poco más, en esta tierra del destierro.


“Páramo urbano”
© Ediciones Cambalache-Pokit in a pocket. Chus Alonso Díaz-Toledo.

martes, 9 de octubre de 2012

Pies y suelo, ojos y sueños


Lo cierto es que no siempre
me estrellé cuando quise volar,
sin la ayuda del viento
o el movimiento de unas alas,
y tampoco necesité del cansancio
para cerrar los ojos,
y saber que ya sabía soñar.

Nunca dejé de tener un pie
en el suelo,
aunque solamente
fuese de puntillas,
mientras con el otro caminaba,
paso a paso,
junto a las paradojas espaciales
de un firmamento atemporal,
y allí, en la inmensidad
de la velocidad de la luz,
perseguí rastros de hielo y de plata,
huellas de estrellas tan excepcionales,
que practicaban las vidas de una vida fugaz.

Tal vez por eso aprendí a recostar
las urgencias a la sombra de mis sombras,
y evité las luces de un mañana
con la posterior, e inevitable,
llegada de la oscuridad,
tal vez por eso ahora queda
una metáfora en mis manos,
y una ausencia que está
presente en los lugares diarios,
y un adiós a la espera,
junto la puerta,
de caracter puntualmente impuntual.


"Pies y suelo, ojos y sueños"
© Ediciones Cambalache - Pokit in a pocket. chus alonso díaz-toledo.